En este espacio se permite recordar con añoranza historias que nos hicieron llorar y sonreír, espiar vidas ajenas que nos inspiren en un día de lluvia, dejar que los pensamientos vuelen libres y las palabras se conviertan en emociones.
jueves, 24 de mayo de 2012
A nueve dígitos de distancia
sábado, 24 de septiembre de 2011
No me quieras tanto
“Dejar de fumar fue tan sencillo a tu lado” recordaba con las primeras caladas. El humo entraba y salía de sus pulmones llenando su cabeza con un ligero mareo que se sentía agradable. Los recuerdos parecían inundar sus pensamientos, rememorando aquella primera cita en el instante en que se puso un cigarro en la boca.
—¿Fumas? —dijo ella con una expresión a mitad de camino entre la repulsión y la decepción.
—Bueno, en realidad estoy intentando dejarlo —titubeó él, en un intento de agradarla.
Al principio dejó de fumar cuando estaba con ella. Cuando quiso darse cuenta se veían todos los días y se había olvidado del tabaco por completo.
Su cabeza saltaba de un recuerdo a otro sin un orden aparente, mientras sostenía el mechero rojo entre sus manos y lo encendía aleatoriamente, sin apenas prestarle atención.
—Este fin de semana he reservado una habitación de hotel para nosotros, así podremos dedicarnos un momento —disimuló la encerrona para pedirle irse a vivir con él con semejante regalo.
Ella no dudó un instante cuando se lo pidió mientras se daban un baño lleno de espuma y burbujas. Le daba tranquilidad y seguridad estar con él, aunque había muchas cosas que esperaba cambiar con el tiempo.
Cansado de recordar y sin encontrar un momento en el que viese que hubiese hecho algo mal, Raúl decidió volver a casa después de haber visto un número indeterminado de parejas paseando de la mano. Una niña que jugaba cerca del banco, rubia y con unos ojos azules embaucadores, le dijo adiós desde el carrito cuando se iba. Él sonrió haciendo un esfuerzo, la pequeña no tenía culpa de nada. El gesto que parecía insignificante le dio el valor necesario para no dejarse machacar. No creía haber sido el malo en todo este tiempo, al contrario. Por eso no entendía que recelase hacia su amor. Entendió que seguramente fuese ella la que dudase, no quería hacerle perder el tiempo, retenerla, evitar que conociese a alguien que la hiciese feliz si él no podía conseguirlo.
Entró al piso que habían compartido los dos últimos años sintiendo que los techos estaban más bajos que de costumbre. Al fondo, en la habitación, escuchó jaleo. Se acercó hasta apoyarse en el marco de la puerta mientras la observaba meter la ropa en una maleta.
—Es la tercera vez que haces el numerito de recoger tus cosas. Espero que estés dispuesta a marcharte porque mi paciencia se terminó, no pienso hacer nada para retenerte.
—Eso es porque no me quieres, ¿lo ves? Estaba segura de ello.
—¿Este chantaje emocional significa que tú sí? Yo no sería capaz de hacerte algo así —sus ojos se empañaron de decisión y nostalgia, un nudo se le atravesó en la garganta terminando la frase abruptamente.
—¿Ahora te vas a hacer la victima?
—No, no quiero robarte el papel protagonista. Sólo espero que nunca te des cuenta del error que estás cometiendo hoy o te arrepentirás por mucho tiempo —le dio la espalda para encontrar fuerzas y terminar la frase—. Me voy un par de días para que puedas terminar de recoger tus cosas tranquilamente. Cuando vuelva espero que ya no estés aquí.
—Espera, yo no quería terminar lo nuestro —la confusión se apoderó de ella sin darle tiempo a entender qué estaba pasando.
—Claro, entonces las maletas las hacías porque te ibas de vacaciones.
—No, yo solo pretendía…
—Machacarme una vez más. ¿Y tú te atreves a cuestionar si te quiero?
—Lo siento.
—Yo sólo siento que sea tarde para disculpas.
Salió del piso y bajó los tres pisos de escaleras hasta aterrizar en la calle. Miró a un lado y a otro aturdido por el ruido del tráfico y echó a correr hasta llegar a una calle más tranquila. Las lágrimas se arrastraron por su cara quemándole los mofletes y acabó vomitando entre dos coches. Un señor mayor que pasaba cerca recriminó la actitud de la juventud en voz alta pensando que estaba borracho a las ocho de la tarde.
—Se acabó —dijo en voz alta —. Por fin se terminó.
Se recompuso como pudo, limpiándose la cara con un pañuelo de papel, y se prometió a sí mismo que no volvería a dejarse machacar por nadie de esa forma. A partir de aquel día Raúl decidió que tenía que quererse más a sí mismo, para así encontrar a alguien que le ame de verdad, como él mismo era capaz de amar.
martes, 21 de diciembre de 2010
Encontrar un camino entre copos de nieve
Estaba perdido. Saber lo que no quería no me daba ninguna pista acerca de lo que necesitaba. Recorrí las mismas calles una y otra vez sin encontrar respuesta alguna. Algun recuerdo aleatorio se cruzó conmigo en las esquinas vacías de la noche. Sentía que una parte de mí se había desvanecido y que tu muerte se había llevado un pedazo de mi cordura.
Compré un billete sin retorno ni destino, necesitaba estar solo y pensar, alejarme de mí mismo para encontrar la respuesta a las preguntas que nunca me atreví a formular, para recordar todas aquellas palabras que nunca llegaste a decir.
No eran las ilusiones y promesas que te llevabas las que me preocupaban, la posibilidad de olvidarte llegó a obsesionarme. Seguí tu rastro por todos aquellos lugares que habías visitado antes de conocerme, encontré los escenarios que poblaban las fotos de tus recuerdos. Aún así, no conseguía encontrarte. La habitación había perdido tu olor y en la cama sólo quedaba sitio para tu ausencia. Cada noche sin ti era una nueva mañana de soledad gris y murmullos de realidad que sonaban lejanos.
La navidad llegó blanca y nevada, ahogando los últimos ecos de tu presencia en el silencio de la suave ventisca. No podía dejarme caer en esta espiral sin sentido para siempre. Rompí las normas de este luto invisible y salí a la calle observando a la gente, disfrutando de las familias que paseaban tranquilas, enteras. Me acerqué al sitio donde mis amigos cenaban y reían, me senté con ellos, me dieron la bienvenida.
“En definitiva estas fechas estan para esto” me dije convenciéndome de que eran un punto de partida para enfrentarse al nuevo año con una sonrisa cada vez más sabia y arrugada. Empecé a recordarte como un fantasma del pasado, más que del presente.
Te encerré en mis recuerdos para no dejarte marchar, te soñé infinitas veces más y te añoré en lo más profundo de mis suspiros. Sin embargo, recuperé algo que había perdido desde aquel día: ser yo mismo. Entonces entendí que esto era lo que habrías querido, que siguiese adelante sin importar que no estuvieses a mi lado; y ya no me perdí, nunca más.
jueves, 14 de octubre de 2010
Entre estaciones comienza la vida
Conocía aquellos pasillos de la terminal de memoria. Salí del aeropuerto sin mirar cartel alguno, de forma automática. Mi amiga me esperaba tranquila cerca de las pantallas de Llegadas, como si no hubiesen pasado cinco años.
—Bienvenido a casa —dijo mientras me daba un abrazo largo.
Paseamos hasta el coche casi en silencio. Las autopistas a la salida del aeropuerto, los edificios, la forma de conducir, todo volvía a ser familiar y a la vez tenía un toque de ajeno a mis ojos.
—¿Cómo encuentras la ciudad?
—Distinta, aunque no ha cambiado nada.
Las palabras seguían sin salir de mi boca, atrapadas en la melancolía que intentaba dejar atrás. No era la forma más rápida de llegar, aun así, me condujo a través de mi antiguo barrio.
—En ese bar solía cenar. Y aquella era la boca de metro que cogía cada mañana —a pesar de ir conduciendo, compartimos una mirada que confirmaba que no era casualidad recorrer aquellas calles en concreto—.Gracias, son tantos recuerdos los que inundan mi cabeza… es agradable.
Estaba perdido como nunca, por eso vine donde siempre me encontraba. Ésta ciudad y yo teníamos una relación bastante especial, algo que iba más allá de saber las líneas de transporte público de memoria o el nombre de cada calle y barrio. Aquella noche dormí profundamente, con el ruido de fondo de las ambulancias lejanas y rápidas que parecían mecerme.
Mi amiga se había ido a trabajar y me dejaba todo el día por delante a solas con mi ciudad y mi pena. Cuando bajé al metro sentí como si nunca me hubiese ido, como si aquellos cinco años en el extranjero no fuesen más que un sueño del que acababa de despertar, regresando a la realidad cotidiana. Por un momento, la sensación fue tan intensa que logré olvidarme de él y así acallar las lágrimas que derramaba cada noche por su abrupta marcha de mi lado, del lado de todos.
La llegada del tren me sacó de la burbuja de abstracción que había creado a mi alrededor. Podría estar perdido, pero sabía que aquí tenía un hogar que me recibía siempre con los brazos abiertos sin importar si el amor de mi vida había muerto en un accidente de coche o no, sin preguntar por la ausencia de los últimos años, sin preocuparse de nada más que de mí. Arropado en el anonimato de la muchedumbre dejé caer una última lágrima con la que comenzar una antigua vida de nuevo, sin él a mi lado.
viernes, 3 de septiembre de 2010
El camino de vuelta a casa
La perspectiva de no volver a verle era aterradora aunque era peor quedarse con la duda. Estaba convencido, esa noche se lo diría. No sabía bien qué palabras utilizaría, ni siquiera si iba a necesitarlas.
La escena nocturna, la hoguera y el alcohol ayudaron a hacerles sentir más cómodos que nunca el uno con el otro. Era como si el resto del grupo no existiese aquella noche, como si las olas estuviesen cantando sólo para sus oídos.
—Tengo que ir a mear, ¿te vienes? —dijo David.
Juan asintió serio, una parte dentro de él susurraba “éste es el momento”. No había razón para estar asustado, saliese bien o mal al día siguiente sus caminos se separarían. Se alejaron hacía las dunas de arena blancas, iluminadas por una luna llena de sugerencias. Desde donde estaban no veían a nadie, la brisa era suave y fresca, acompasada por el ruido de fondo del mar. Se miraron a los ojos fijamente, un par de veces. No eran capaces de articular palabra. Tímidamente, espiaron la polla del otro antes de terminar de mear. El silencio se convirtió en un refugio, se adentraron más allá en las dunas encontrando un sitio donde sentarse. Sostuvieron una mirada llena de deseo y miedo que les aceleró el pulso. Juan notaba los latidos retumbar en su cabeza cuando David acarició su cabeza pelona, se lanzó a sus labios casi seguro de que no iba a ser rechazado.
La luna ignoró a los amantes que se encontraron en la arena con sus miedos y sus dudas, con la piel suave y morena, con la lengua húmeda y hambrienta.
—No entiendo porque tienes esa cara mustia, ni que tuvieses que trabajar mañana por la mañana como yo —increpó el padre de Juan al día siguiente de regreso.
—Déjale, seguro que le da pena dejar atrás a los amigos del verano –intentó defender su madre ante la respuesta silenciosa de Juan—. Además, seguro que se deja a alguien especial, ¿o ya no te acuerdas de lo que eran los amores de verano?
—Pero si se ha pasado todo el tiempo siendo la sombra de David, así pocas chicas puede conocer uno.
El corazón de Juan se encogió un poco más pensando que cada kilómetro que recorrían le alejaba un poco más de David, y que cada vez que abría la boca su padre le separaba un poco más de la realidad de su hijo. Una sonrisa asomó en su cara, al menos ahora tenía una realidad que le pertenecía. Pensó en cómo terminaba el verano con un primer beso, un amor y sobre todo, una duda resuelta. Ahora lo veía claro, siempre había estado ahí e ignorarlo dejaba de ser una opción.
—Papá, David ha sido mi amor de verano. Anoche lo hicimos en la playa en la fiesta de despedida. Soy gay.
Se sumergió en un profundo sueño aliviado al soltar aquel peso que siempre había tenido encima. Poco le importaba que lo aceptasen o no. Los últimos cuatrocientos kilómetros le acercaron a su hogar, a su ciudad y sobre todo, a sí mismo.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Una vida llena de habitaciones vacías
En la ducha descarté la idea de asaltar el mini–bar para ahogar las miserias de mi vida en una soledad alcohólica y vacía. Bajaría y tomaría algo con la esperanza de cruzar alguna palabra que otra con algún desconocido en la misma situación que yo: soledad profesional del lobo viejo y cansado, lo comenzaba a llamar.
Esperando el ascensor apareció ella de la nada.
–Hola.
–Hola –el comienzo no fue muy prometedor–. ¿Bajas a tomar algo al bar por casualidad?
–Sí, estoy de viaje de negocios y no tengo nada mejor que hacer.
Apenas me había dirigido una mirada durante la breve charla, era claro que estaba curtida en el mundo de los negocios y los hombres descarados intentando ligar con ella. Había algo más que me gustaba, su actitud era una mezcla equilibrada entre independencia y autosuficiencia, con un toque de “espero que me sorprendas si pretendes hablar conmigo” que la hacía diferente. Las puertas del ascensor se abrieron, entramos juntos. Al intentar ofrecer mi compañía me interrumpió abruptamente.
–Si quieres podríamos tomar...
–¡Esa colonia que llevas es de CK! El bote es blanco y tiene una raya azul claro en vertical.
–Sí, correcto. Es la colonia que usaba tu ex, ¿me equivoco? –por la expresión de sorpresa que asomó en su rostro supe que llevaba razón– Mira, hagamos un trato. Cuando lleguemos a la planta baja tú irás al bar y te pedirás algo de beber. Mientras tanto, regresaré a la habitación para ducharme y poder oler a mí mismo. Entonces bajaré, me sentaré a tu lado y charlaremos de estrategias de marketing, mercados globales, de lo poco que conocemos esta ciudad a pesar de haberla visitado una infinidad de veces en viaje de negocios o cualquier otra conversación trivial que surja para pasar el rato y suavizar un poco esta soledad claustrofóbica. ¿De acuerdo?
El timbre anunció la llegada a nuestro destino, no hubo tiempo de decir nada más. Abandonó el ascensor camino de cumplir la parte del compromiso que acababa de aceptar. En menos de quince minutos me dejaba caer en la silla vacía a su lado en la barra. Por miedo a coincidir con otra fragancia que trajese recuerdos inoportunos decidí no perfumarme en absoluto. Las dos duchas en menos de media hora serían más que suficientes para mantenerme fresco el resto de la noche.
–Me llamo Catherine.
–Yo soy Gary, un placer.
Por primera vez me observó minuciosamente, intentando encontrar la clave de una atracción que a día de hoy seguía latente, diez años después.
–¿Por qué te quedaste en el bar esperándome? –le pregunté en nuestra cena de aniversario después de tomar un par de copas de vino.
–Bueno, no me dejaste muchas más opciones. Además, fue una de las cosas más bonitas que ningún desconocido hubiese hecho por mí hasta el momento.
–¿Darse una ducha? –pregunté pícaro sin poder ocultar un brillo en los ojos potenciado por el Merlot que bebía.
Se echó a reír y así me encontré con aquellos ojos mirándome fijamente de nuevo, los mismos que en aquel hotel perdido lleno de habitaciones vacías, comenzaron a llenar mi día a día.
miércoles, 21 de julio de 2010
Lágrimas de gato
Llegué el primero a su lado, la escena se había sucedido apenas a unos metros de donde me encontraba. El conductor fue el siguiente en llegar, en un evidente estado de pánico.
—No te preocupes, la ambulancia está de camino —le dije con la operadora de emergencias al otro lado del teléfono y el remordimiento de no haber podido evitar darme cuenta de los ojos tan bonitos que tenía, a pesar de estar tumbada en el suelo inmóvil.
La gente se fue agolpando a su alrededor en un espectáculo dantesco e innecesario. Ella, apenas hablaba, intentaba tomárselo con calma, nada se iba a mejorar con nervios.
—No debería haber cogido la bici con esta lluvia.
—No te preocupes, todo saldrá bien —por alguna razón, me quedé allí dándole conversación mientras llegaban los sanitarios. No podía abandonarla a su suerte. El conductor daba vueltas en círculos hasta que apareció la policía y comenzó a tomarle declaración.
—Tengo un gato, ¿sabes? Es lo único que dejo atrás si me pasa algo —no podía estar seguro si lo que resbalaba por sus mejillas era la lluvia o las lágrimas, una mezcla de ambas probablemente.
—Nada te va a pasar. Esto es un accidente sin más, en un par de semana estarás como nueva.
La sirena de la ambulancia acalló mis consuelos de golpe. Le inmovilizaron el cuello con un collarín y la subieron utilizando una camilla.
—¿Es usted familiar directo? —increpó el paramédico ante mi intención de acompañarla.
—No, yo pasaba por aquí.
—Me temo que no puedo dejarle subir.
Oculté mi decepción al ver a uno de los policías acercándose a mí.
—¿Le importaría contarme qué ha pasado?
“Creo que me he enamorado”, pensé.
—Sí, claro. En realidad no hay mucho que decir.
En menos de diez minutos había terminado con él. Entonces fue cuando reaccioné: no sabía a qué hospital la habían llevado. Subí en el autobús directo al hospital general, no tuve suerte. En la recepción a urgencias me dijeron que había por lo menos quince ciclistas atropellados en aquel momento y que, sin un nombre y un apellido, no me dejarían entrar. El cielo estaba más gris que de costumbre, como si una terrible maldición se cerniese sobre mí.
Después de recorrer cuatro hospitales más sin suerte, regresé a casa. Pensaba en el gato que dejaba atrás, nadie podría ir a cuidarlo si no tenía a nadie más.
Entré en mi vacío espacio personal llamado apartamento. Por lo menos, ella tenía un gato que moriría en su ausencia.
martes, 13 de julio de 2010
Entre Uno y Otro. Tercera parte: Nada más que perder.
Otro: Parecemos dos tontos. Dame un toque cuando estés allí. Perdóname, estoy un poco alterado.
Uno cambió repentinamente la dirección de su indeciso paseo que había retomado unos minutos antes y comenzó a escribir la contestación del mensaje mientras andaba, ésta vez con un paso más animado y un rumbo establecido.
Uno: Estoy de camino, en diez minutos estoy allí.
Cuando llegó a la cafetería acordada, entró buscando a Otro con la mirada, esperándole en una mesa sentado con uno de esos capuccinos que solía tomar. Al ver que no estaba allí todavía, se sentó en la barra pidiendo un cortado que sirvió la camarera rápidamente al no haber mucha gente. El ruido del molinillo de café enmudecía el programa de cocina que había en la televisión. Uno dejó el móvil al lado de la taza sin poder dejar de mirarlo, como si eso fuese a hacer que Otro llegase antes. La pantalla se iluminó súbita e inesperadamente avisando de un mensaje recibido.
Otro: ¿Dónde estás?
Uno: Sentado en la barra.
Uno miró a un lado y a otro, encontrando la misma gente que antes en la cafetería, era imposible que no le hubiese visto. El móvil sonó de nuevo justo al dejarlo sobre la barra.
Otro: Estoy en la puerta. No me atrevo a entrar.
Uno soltó unas monedas en la barra para pagar el café que no había tenido tiempo de beber y se dirigió a la puerta. Paró un momento sujetando el pomo, preguntándose si debe salir o no. Al final decidió empujar la puerta, el sol cegador le traicionó al salir desde la penumbra del café. Una silueta familiar que se distinguía al otro lado de la calle se acercaba. Atrás quedaron las mismas personas que antes, ignorando el mismo programa de cocina en la televisión así como lo hacían con sus vidas mutuamente, ajenos al número de mensajes que habían necesitado, entre Uno y Otro, para encontrarse frente a frente y quedarse mirando el uno al otro sin saber qué decir. El tiempo y la distancia les habían hecho olvidar cuanto se amaban todavía. No hubo más mensajes de texto, ni siquiera palabras. Se fundieron en un beso que significaba “Perdóname” y “Te quiero” al mismo tiempo.
Con el tiempo, aquellos mil ochocientos y pico caracteres repartidos en apenas quince mensajes significaron mucho más que simples palabras que volaban de un teléfono a otro, incluso más que aquel puñado de pixeles repartidos entre las pantallas de ambos que a punto estuvieron de decidir el camino equivocado.
Porque si una imagen valía más que mil palabras, un beso sincero valía más que todos los mensajes del mundo.
lunes, 5 de julio de 2010
Entre Uno y Otro. Segunda parte: Hablemos, por favor.
Salía de casa cuando recibió un mensaje, aunque esperó a llegar al vagón del metro para leerlo. Como de costumbre, llegaba tarde a trabajar y perder un minuto sonaba a demasiado tiempo.
Otro: No me atrevo a coger la llamada. Vamos a hablar de algo pero no sé el punto de vista. Me da vergüenza quedar contigo y no es una excusa. Estoy hecho un lío. No sé lo que hay entre nosotros y me da miedo estar enamorado de ti pues ya me has dejado claro que lo nuestro no es serio. Tampoco tengo derecho a pedir explicaciones.
Escribió y envió la respuesta aun sabiendo que no se mandaría hasta que saliese de la estación.
Uno: Quería hablar para ver qué pasa, esto se ha liado y no ha sido culpa de nadie, simplemente quiero aclararlo porque ya no se qué pensar. Tampoco ha sido fácil para mí llamarte, también me da corte quedar contigo pero creo que merece la pena intentar arreglarlo. ¿A las 11:30 donde siempre? Por favor.
No había llegado a la oficina cuando escucho el pitido que avisaba de la recepción de un nuevo mensaje.
Otro: Hoy está cerrado, están de vacaciones. Lo siento, es que me da mucho palo. Vamos a dejarlo estar, un beso.
Uno, abatido, contestó con las únicas palabras que llegaron a sus dedos desde su corazón.
Uno: Bueno, yo lo he intentado. Cuando te apetezca charlar un rato sobre nosotros ya sabes cómo y dónde encontrarme.
El latido del corazón golpeaba los tímpanos de Uno. Llegó a la oficina, apagó el móvil y lo abandonó en el cajón. Al terminar la jornada, lo recuperó dispuesto a llamar a alguien, necesitaba tomar algo y despejarse. En cuanto lo encendió, un inesperado mensaje iluminaba la pantalla con la típica pregunta: ¿Leer? No tenía el ánimo para otra decepción más, aún así no le quedaba otra opción.
Otro: No te enfades. Venga, voy a actuar de forma adulta. Estoy en el centro. ¿Te parece en el Café Carmela? Me sigue dando mucha vergüenza, te aviso.
Era demasiado tarde para llegar, tampoco tenía mucho sentido ni quedaban ganas.
Uno: No quiero forzarte a hacer algo que no te apetece, mejor será que te tomes un tiempo si lo necesitas. No quería pedirte explicaciones, solo entender qué había pasado y qué quedaba entre nosotros. Lo que tú quieras.
Los pasos indecisos de Uno le llevaron a una plaza donde un grupo de chavales jugaban con una pelota. Se sentó en un banco y se quedó mirándoles por un buen rato. No esperaba ni quería oír una palabra de nadie más y mucho menos de Otro.
Continua en Entre Uno y Otro. Tercera parte: Nada más que perder.
miércoles, 30 de junio de 2010
Entre Uno y Otro. Primera parte: La llegada furtiva
Una mezcla de emociones subió desde la boca del estómago hasta su cara, calentando ésta y haciéndole ponerse rojo sin estar pasando vergüenza. No pudo esperar a dejar que la situación se enfriase en su cabeza y se fue directo a escribir un mensaje nuevo.
Uno: "Me acabo de enterar que anoche te vieron por aquí, al parecer te ha visto todo el mundo menos yo... ¿es que no te apetece verme?"
Sostuvo el teléfono en la mano un momento tras enviar el mensaje con la esperanza estúpida de una respuesta inmediata. Al final se lo acabó guardando en el bolsillo del pantalón y se marchó hasta la boca de metro que tenía más a mano. Al llegar a su destino, salió con más prisa que ninguno. Los minutos sin cobertura fueron como una tortura en la que no pudo evitar preguntarse a cada instante si tendría la respuesta esperando al recuperar la señal. Sin embargo, la pantalla vacía indicaba que nada nuevo había llegado al regresar a la superficie. Algo le decía que no recibiría contestación. Escribió de nuevo mientras caminaba, antes de alcanzar el portal.
Uno: "No puedo entender por qué estamos así, me gustaría hablar contigo, sobre todo sabiendo que estás aquí. Creo que han sido una serie de malos entendidos. ¿No crees?"
Arriba, entró directo a su cuarto y soltó todo lo que llevaba en las manos sobre la cama, largándose a la ducha sin esperar nada más. Después del día de trabajo y las noticias que acababa de recibir, la necesitaba más larga y caliente de lo habitual. Al regresar a la habitación, la luz intermitente indicaba que había un mensaje esperando a ser leído. Respiró hondo, podría ser cualquiera que no fuese Otro. No fue así.
Otro: "Parece mentira que no sepas a estas alturas donde estoy. Claro que podemos hablar."
Después de dar un par de vueltas, miró fijamente el aparato sintiendo como le devolvía la mirada. Respondió antes de que fuese demasiado tarde, las manos le temblaban.
Uno: Bueno, no sé. Últimamente estoy un poco perdido. ¿Podríamos quedar mañana a tomar café? Di lugar y hora.
Convencido de que la nueva respuesta tardaría en llegar, salió de allí olvidándose del móvil hasta que volvió, pasada la medianoche. No encontró la más mínima. Pasó la noche dando vueltas en la cama, saltando de un lugar a otro en sueños persiguiendo a Otro de ciudad en ciudad.
El aroma del café inundó la habitación por la mañana, su compañero de piso estaba en la cocina, entraba antes que él a trabajar. El teléfono seguía en un silencio que le incomodaba, aunque el pobre no tuviese culpa de nada. Se lanzó sobre él y llamó antes de despertarse lo suficiente como para arrepentirse de lo que estaba haciendo. Después de cinco largos tonos colgó y volvió a marcar, no quería que saltase el buzón, ni mucho menos escuchar el mensaje personal con su voz. Colgó después de seis tonos más sin respuesta.
Continua en Entre Uno y Otro. Segunda parte: Hablemos, por favor.
viernes, 25 de junio de 2010
El síndrome de la cama de noventa
La ruptura fue rápida y precisa, como el corte de un bisturí que abría una brecha profunda. Salí huyendo de tu vida cuando estabas a punto de echarme de tu casa, la misma que había sido nuestra durante aquel tiempo. El viaje a Portugal se convirtió en búsqueda de un nuevo sitio donde vivir, tuve suerte. Cuando la vida golpea duro por un lado acaricia por otro.
Seguía en la cama tumbado boca arriba, con la vista clavada en el techo y los pensamientos mezclándose con los propósitos. No estaba dispuesto a sentirme culpable por algo que no había hecho mal. De reojo, me golpeó la hora que relucía en la pantalla, eran las tres y media y no era el mejor momento para echarte de menos. Hasta en la ausencia te hacías notar. La vida se tornaba caprichosa en ocasiones, como cuando nos hizo coincidir por primera vez. Algo dentro de mí me dijo que ésto no iba a ser la típica historia, y no lo fue. Por ti di más que por nadie antes y aunque sintiese que había recibido mucho menos de lo que merecía, no me arrepentía de nada, eso era de cobardes.
Cada minuto martilleaba mi cabeza imaginando el zumbido que en menos de dos horas haría levantarme. La vida seguía adelante, las calles del centro no echarían de menos nuestros paseos a la caída de la tarde. La boca del metro no recordaría nuestros continuos encuentros a los pies de su escalera.
Abandoné la cama, era inútil intentar dormir sin ti. Una ducha, un café y de nuevo en la calle, imaginándote en cada esquina. Llenaba el corazón de coraje para rellenar el vacío que dejaste. No más lágrimas ni noches en vela. Volvía a sentirme yo mismo, un poco más herido, un poco más fuerte y un poco menos… roto. Faltar de mi vida era lo mejor que me podía pasar en ese momento aunque la dependencia insana hacía ti no me dejase verlo. Tú fuiste mi droga y como tal, me destrozaste un poco cada día. Solo tenía que superar esa abstinencia y olvidar la época en la que pensé que te quería.